La planeación estratégica tiene un problema de imagen. Suele asociarse con reuniones largas, documentos extensos, presentaciones llenas de gráficos y objetivos que terminan guardados en una carpeta que pocos vuelven a consultar. Por eso no es extraño que muchas personas la consideren un ejercicio burocrático más que una herramienta de gestión.
Sin embargo, la ausencia de planeación no elimina la necesidad de tomar decisiones. Simplemente cambia la forma en que se toman.
Todas las organizaciones tienen una estrategia, incluso aquellas que afirman no tenerla. La diferencia es que algunas la construyen de manera deliberada y otras la desarrollan como resultado de decisiones aisladas, urgencias cotidianas y reacciones ante circunstancias externas. En ambos casos existe un rumbo. La pregunta es si ese rumbo fue elegido o simplemente ocurrió.
Planear estratégicamente no consiste en adivinar el futuro. Nadie puede hacerlo. Los mercados cambian, la tecnología evoluciona, las condiciones económicas se modifican y los acontecimientos inesperados aparecen con más frecuencia de la que nos gustaría admitir. La planeación estratégica tampoco sirve para eliminar la incertidumbre. Su verdadero valor es ayudar a navegarla.
Una organización que dedica tiempo a reflexionar sobre sus objetivos, prioridades y capacidades suele responder mejor cuando aparecen cambios en el entorno. No porque tenga todas las respuestas, sino porque entiende con mayor claridad qué busca lograr y qué está dispuesta a sacrificar para conseguirlo.
Ese punto es especialmente importante. La estrategia no consiste únicamente en definir lo que se quiere hacer. También implica decidir qué no se hará.
Los recursos siempre son limitados. El tiempo, el presupuesto, el talento y la atención de los equipos tienen límites. Cuando una organización intenta perseguir demasiadas prioridades al mismo tiempo, normalmente termina avanzando poco en todas ellas. La planeación estratégica obliga a establecer criterios para asignar recursos y tomar decisiones consistentes con una visión de largo plazo.
Además, genera alineación. En muchas organizaciones los problemas no provienen de la falta de esfuerzo. Provienen de la falta de dirección compartida. Equipos talentosos pueden trabajar intensamente y aun así producir resultados modestos si cada área interpreta los objetivos de manera diferente.