La participación de México en la Asamblea General de la ONU dejó una idea interesante. No porque sea nueva, sino porque suele olvidarse cada vez que aparecen tensiones políticas o diferencias entre países: cooperar no significa renunciar a la soberanía.
Con frecuencia el debate público presenta ambas cosas como si fueran opuestas. Se habla de defender la soberanía o de colaborar con otras naciones, como si hubiera que elegir entre una y otra. Pero el mundo funciona de manera distinta.
México es un buen ejemplo de ello. Compartimos una de las fronteras más dinámicas del planeta, somos parte de la región económica más integrada del mundo y mantenemos relaciones comerciales y diplomáticas con decenas de países. Nuestra prosperidad depende, en gran medida, de la capacidad para relacionarnos con otros sin perder claridad sobre nuestros propios intereses.
La soberanía no consiste en aislarse. Tampoco en rechazar cualquier forma de colaboración internacional. Una nación soberana es aquella que tiene la capacidad de tomar decisiones propias, definir sus prioridades y defenderlas en la mesa de negociación. Y para lograrlo, necesita participar activamente en esa mesa.
Los grandes desafíos actuales dejan poco espacio para las soluciones individuales. La migración, el comercio, la seguridad, el cambio climático o el desarrollo tecnológico son temas que cruzan fronteras todos los días. Ningún país, por poderoso que sea, puede resolverlos completamente por su cuenta.
Por eso resulta equivocada la idea de que la cooperación es una señal de debilidad. En realidad, suele ser una muestra de inteligencia estratégica. Los países que participan en la construcción de acuerdos tienen más posibilidades de influir en las decisiones que afectan su futuro que aquellos que optan por quedarse al margen.
México ha construido buena parte de su desarrollo reciente a partir de esa lógica. Ha sabido integrarse económicamente con sus socios, atraer inversión, fortalecer su capacidad exportadora y, al mismo tiempo, preservar su identidad y sus intereses nacionales.
La lección es sencilla. La discusión no debería centrarse en soberanía o cooperación. El verdadero reto consiste en ejercer la soberanía a través de la cooperación. Porque en un mundo interdependiente, la fortaleza de un país no se mide por su capacidad para cerrar puertas, sino por su habilidad para abrir las correctas sin perder el control de su propio rumbo.