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Diseño Circular

18 de septiembre de 2026 por
Kineos Vision Estrategica

Durante años construimos el debate ambiental alrededor de una idea aparentemente sencilla: consumir, desechar y, al final del proceso, reciclar. La conversación pública, las campañas de concienciación e incluso muchas políticas ambientales se concentraron en ese último paso, como si el destino de un producto comenzara cuando llega al contenedor de residuos.

Sin embargo, cada vez resulta más evidente que el problema no empieza ahí. En muchos casos, comienza mucho antes, cuando un producto es concebido, diseñado y puesto en el mercado.

La nueva Ley General de Economía Circular parte precisamente de esa premisa. Más allá de los mecanismos de reciclaje o de gestión de residuos, introduce una lógica distinta: la responsabilidad ambiental no puede recaer exclusivamente en la ciudadanía ni en quienes se encargan de recolectar y procesar los desechos. También debe alcanzar a quienes toman decisiones sobre los materiales, componentes y procesos de fabricación desde el inicio.

El planteamiento tiene sentido. Si un envase está compuesto por múltiples materiales difíciles de separar, si incorpora elementos que encarecen su recuperación o si está diseñado para ser utilizado una sola vez y descartado inmediatamente, el problema no surge cuando alguien lo tira a la basura. El problema estaba incorporado desde su origen.

Durante mucho tiempo se trasladó al consumidor una carga que difícilmente podía asumir por completo. Se le pidió separar residuos, identificar materiales, elegir correctamente los contenedores y modificar hábitos de consumo. Todo ello es importante, pero también tiene límites. Ningún esfuerzo individual puede compensar un sistema productivo que genera objetos pensados para convertirse rápidamente en residuos.

Por eso resulta relevante el cambio de enfoque que propone la economía circular. No se trata únicamente de reciclar más. Se trata de diseñar mejor. De pensar los productos considerando desde el principio cómo serán reparados, reutilizados, desmontados o reciclados cuando termine su vida útil.

La diferencia parece sutil, pero transforma por completo la discusión. Cuando los residuos se entienden como una consecuencia inevitable del desarrollo económico, la única opción consiste en gestionarlos de la mejor manera posible. Pero cuando se reconocen como el resultado de decisiones de diseño, producción y consumo, aparece la posibilidad de prevenirlos.

Eso obliga a replantear responsabilidades. Las empresas dejan de ser observadoras de la etapa final del ciclo y pasan a ser actores centrales en la solución. Los diseñadores industriales, los fabricantes y quienes seleccionan materiales adquieren un papel tan importante como los sistemas de recolección o las plantas de reciclaje.

También cambia la manera en que evaluamos el éxito de una política ambiental. No basta con medir cuántas toneladas se reciclan. La pregunta más interesante pasa a ser cuántos residuos logramos evitar que existieran.

La economía circular propone precisamente esa transición: dejar de ver la basura como un problema posterior y empezar a verla como una decisión anterior. Es una diferencia de enfoque, pero también de responsabilidades.

Quizá el mayor valor de esta nueva legislación sea recordar algo que con frecuencia olvidamos: la sostenibilidad no se construye únicamente al final de la cadena. Comienza mucho antes, en el momento en que alguien decide cómo será el producto que llegará a nuestras manos. Cuando la regulación consigue mover la atención hacia ese punto de partida, la conversación deja de centrarse exclusivamente en qué hacemos con nuestros residuos y empieza a preguntarse por qué los generamos de esa manera. Y esa, probablemente, es la discusión que debimos tener desde el principio.