Durante buena parte del año, la conversación sobre la economía mexicana estuvo dominada por la cautela. Ahora aparece una señal distinta. Distintas áreas de análisis han comenzado a revisar al alza sus estimaciones de crecimiento para 2026. Banamex elevó su previsión de 1,4% a 2,0%, Banorte de 1,4% a 1,9% y Grupo Coppel de 1,6% a 1,9%.
El cambio no es menor porque llega después de datos mejores de lo previsto: el Indicador Global de la Actividad Económica avanzó 0,6% en agosto y registró un crecimiento anual de 3,5%. Entre los factores señalados están un mejor desempeño de las manufacturas, la expansión de las exportaciones y señales de recuperación de la inversión.
La tentación empresarial ante estos datos sería sencilla: respirar un poco.
Creo que hay otra lectura más interesante.
Cuando una economía sorprende al alza, la pregunta deja de ser únicamente cómo protegerse de la desaceleración. También hay que preguntarse si la empresa está preparada para aprovechar una demanda mayor de la que había incorporado en su presupuesto.
Eso cambia algunas conversaciones. Inventarios que parecían suficientes pueden dejar de serlo. Una inversión pospuesta puede merecer una segunda revisión. Y una previsión de ventas construida bajo un escenario muy defensivo puede terminar siendo tan problemática como una demasiado optimista.
Además, todavía falta información importante. Esta semana se conocerán la balanza comercial de septiembre y la primera estimación del PIB mexicano del tercer trimestre.
Por eso, quizá el mensaje no sea que México ya entró en una etapa de crecimiento fuerte. Los datos disponibles no permiten afirmar eso.
El mensaje es más útil: cuando cambia el escenario, también deberían cambiar las preguntas dentro de la empresa. Ser prudente no significa mantener el mismo plan cuando la evidencia empieza a moverse en otra dirección.