Durante mucho tiempo, la economía circular estuvo asociada con una idea bastante sencilla: reciclar más. En México, esa definición empieza a quedarse corta.
Ayer se puso sobre la mesa un dato interesante: más de seis mil empresas forman parte de la industria del plástico en México y aproximadamente 78% son micro y pequeñas empresas, según información de la Asociación Nacional de Industrias del Plástico citada por Quadratín. El sector enfrenta ahora el reto de adaptarse al modelo impulsado por la Ley General de Economía Circular, publicada el 19 de enero de 2026.
La diferencia no es solamente semántica.
Circularidad significa preguntarse qué sucede con un producto después de venderlo, cuánto tiempo permanece útil y qué parte de sus materiales puede volver a incorporarse a una cadena productiva. La legislación mexicana introduce precisamente ese cambio de perspectiva, con mecanismos relacionados con recuperación, reutilización y valorización de materiales.
Lo interesante para las empresas es que algo considerado tradicionalmente un problema ambiental empieza a convertirse también en una decisión de diseño, operaciones y costes.
Y ahí aparece la dificultad real. Para una gran empresa, modificar un envase, desarrollar trazabilidad o invertir en recuperación de materiales puede ser complejo. Para miles de pequeñas empresas con recursos financieros y tecnológicos más limitados, la transición puede ser considerablemente más difícil. Esa limitación ya aparece entre los retos señalados para la industria mexicana del plástico.
Creo que ahí está la conversación empresarial verdaderamente interesante.
La circularidad no consiste únicamente en gestionar mejor lo que tiramos. Obliga a reconsiderar qué compramos, cómo producimos y qué valor puede conservar un material después de cumplir su primera función.
En otras palabras, el residuo deja de ser solamente el final de un proceso.
Puede convertirse en información para rediseñar el negocio.