Durante años parecía que el comercio internacional avanzaba en una sola dirección: más apertura, menos barreras y una integración cada vez más profunda entre economías. La idea dominante era que la eficiencia y la especialización global generarían beneficios para todos. Cuanto más conectados estuvieran los mercados, mayores serían las oportunidades de crecimiento.
Hoy la conversación es distinta.
Los aranceles han vuelto a ocupar un lugar central en la política económica de muchos países. Durante 2025, los niveles promedio de protección comercial aumentaron en diversas regiones, reflejando una tendencia más amplia hacia el proteccionismo. Sin embargo, interpretar este fenómeno como el fin de la globalización sería una conclusión apresurada.
Lo que está ocurriendo es algo más complejo. Los gobiernos ya no toman decisiones únicamente con criterios de eficiencia económica. También consideran factores como la seguridad nacional, la autonomía tecnológica, la resiliencia de las cadenas de suministro y la capacidad de responder a crisis internacionales. La experiencia de los últimos años mostró que depender excesivamente de un solo proveedor o de una sola región puede generar vulnerabilidades importantes.
Eso explica muchas decisiones que a primera vista parecen contradictorias. Países que durante décadas promovieron la apertura comercial ahora impulsan incentivos para producir localmente determinados bienes estratégicos o aplican medidas para proteger industrias consideradas esenciales.
El reto es que proteger sectores estratégicos puede ser necesario en determinadas circunstancias, pero convertir la protección en una política permanente rara vez genera competitividad por sí sola. Los aranceles pueden ofrecer un respiro temporal y crear espacio para fortalecer capacidades productivas. Sin embargo, ese tiempo solo tiene valor si se aprovecha para innovar, invertir y mejorar la productividad.
Las barreras pueden abrir una ventana de oportunidad. Lo realmente difícil es utilizarla para construir ventajas duraderas en lugar de limitarse a retrasar los cambios que exige la competencia global.