Cuando hablamos de competitividad solemos pensar en infraestructura, tecnología, capital, talento o capacidad productiva. Son elementos visibles, relativamente fáciles de medir y presentes en casi cualquier análisis económico. Sin embargo, existe otro activo igual de importante que rara vez aparece en los balances financieros o en los reportes trimestrales: la confianza.
Resulta difícil encontrar una organización exitosa que opere sin ella. También resulta difícil encontrar una crisis económica, empresarial o institucional en la que la pérdida de confianza no haya jugado algún papel relevante.
La confianza tiene una característica peculiar. Es un activo que tarda años en construirse y apenas unos días en deteriorarse.
Las empresas dependen de la confianza de sus clientes para vender. Los inversionistas dependen de la confianza para asignar recursos. Los mercados financieros funcionan porque existe confianza en las reglas y en las instituciones. Las cadenas de suministro operan porque las empresas creen que sus proveedores cumplirán compromisos. Incluso la cooperación entre países descansa sobre la expectativa de que los acuerdos serán respetados.
A pesar de ello, pocas veces hablamos de la confianza como una forma de infraestructura.
Quizá deberíamos hacerlo.
Una carretera conecta territorios. Un puerto conecta mercados. Una red eléctrica conecta actividades productivas. La confianza cumple una función similar: conecta decisiones económicas que de otra forma no ocurrirían.
Cuando existe confianza, las transacciones se vuelven más simples, los costos disminuyen y las organizaciones pueden planear a largo plazo. Cuando desaparece, ocurre exactamente lo contrario. Los contratos se vuelven más complejos, la supervisión aumenta, las decisiones se retrasan y la incertidumbre comienza a sustituir a la colaboración.
Las recientes crisis globales dejaron múltiples ejemplos de ello. Durante años, las cadenas de suministro internacionales operaron bajo esquemas de gran eficiencia porque existía confianza entre proveedores, fabricantes, transportistas y distribuidores. Cuando las interrupciones comenzaron